Bolsonaro sobre Haddad: “No quiero debatir con un poste puesto por Lula”

    0
    Seguidores de Jair Bolsonaro en Brasilia, la capital del pais. AP
    seguidores-de-jair-bolsonaro-en-brasilia-la-capital-del-pais

    El aspirante de ultraderecha ya se siente presidente. Y no dudó en atacar a su rival, al vincularlo con el líder del PT preso por corrupción

    “Estamos con una mano en la banda presidencial”. La frase del diputado Jair Bolsonaro no fue jocosa sino asertiva. La pronunció en la sede de la Policía Federal en Río de Janeiro e involucró a los jefes de ese cuerpo, como sus seguidores. El presidenciable está convencido de que su adversario Fernando Haddad “no llegará a juntar los 18 millones de votos que le hacen falta para ganarme”. En una conferencia de prensa improvisada, el ex capitán Ejército dijo que no lo asusta una campaña más agresiva del PT en este último tramo. ¿“Ellos pueden agredirme, pero ¿por qué no hacen un mea culpa? Creen todavía que Lula es un preso político”.

    Con todo, el diputado ultraderechista no se anima a participar de un debate con el contrario. “Va a depender de la evaluación médica” insistió, mientras sus colaboradores dejaban trascender que la negativa a debatir con Haddad “es un asunto estratégico”. La única vez que estuvo en TV con sus rivales, al principio de la campaña electoral por la primera vuelta, reveló dificultades para oir y replicar las críticas de sus propuestas y mensajes. Esta vez, ante la prensa, optó por agredir a su oponente: “No quiero debatir con un poste puesto por Lula”.

    La visita a la policía federal fue, en gran medida, para reparar la mala evaluación que había hecho del cuerpo en relación a las investigaciones del ataque que sufrió el 6 de septiembre. A diferencia de los días que siguieron al atentado, en los que Bolsonaro insistió en su desconfianza, esta vez trató de ser suave: “Confío que ellos van a llegar a una solución al final del proceso”.

    Fernando Haddad visitó a miembros de la iglesia evangélica en San Pablo. AP
    Fernando Haddad visitó a miembros de la iglesia evangélica en San Pablo. AP

    Así como tenía que limar asperezas con esa fuerza de seguridad, también creyó conveniente pasar por la Arquidiócesis de Río de Janeiro y saludar al obispo Orani Tempesta. Es que el apoyo conseguido de los evangélicos, básicamente de la Iglesia Universal, puede representar un sesgo negativo entre los votantes católicos. En ese contexto se comprometió con algo elemental: “la libertad” de confesiones religiosas. Y añadió: “Ese compromiso se extiende a defender la inocencia de los niños en las aulas; rechazar el aborto e impedir la legalización de las drogas. Eso es lo que está en el corazón de todos los brasileños de bien”. En el momento en que ingresaba a la sede del Arzobispado, tres fanáticos de Bolsonaro lo recibieron con el símbolo que el candidato difundió a través de las redes: las manos que simulan armas de fuego. Justamente, ese es el aspecto que más preocupa a los católicos.

    También asusta una polémica que se generó alrededor una de sus propuestas: dar inmunidad a los policías de los estados provinciales que cometan asesinatos mientras están de servicio. En la Procuración General brasileña ven esa iniciativa como “dar licencia para matar”. El candidato de la ultraderecha pretende que se apruebe el texto de una norma que presentó el año pasado en el Congreso por el cuál, en caso de muertes de personas por culpa de operativos policiales, entra a regir automáticamente el principio de “legítima defensa”, que de por sí elimina cualquier intento de investigación de los hechos.

    En una notable columna en el diario O Globo, el historiador Elio Gáspari advirtió que “el alma retórica del ex capitán” no lo coloca cerca de Donald Trump sino de Rodrigo Duterte, el presidente de Filipinas. Según el escritor, “éste se hizo célebre no tanto por sus reformas económicas como por su combate a la criminalidad, especialmente al tráfico de drogas”.

    El filipino llegó a decir: “Hitler mató seis millones de judíos. Tenemos tres millones de drogadictos; me gustaría matarlos”. Como recuerda Gáspari, en los dos años que lleva en el gobierno de Filipinas, el régimen de Duterte asesinó cerca de 12.000 personas como registraron organizaciones de la sociedad civil. De estas, 4.500 muertes fueron reconocidas oficialmente. El jefe de Estado filipino llegó a decir que lamentaba la muerte de una misionaria en su país: “Es una pena, ella era tan bonita”. Y sostuvo también: “Mi único pecado son los asesinatos extrajudiciales”.

    Eleonora Gosman

    Dejar respuesta

    Please enter your comment!
    Please enter your name here