Es la peor cosecha electoral del PT desde que ese partido llegó al poder hace doce años. La mandataria agradeció la victoria prometiendo que hará los cambios que le demandan.

A las 22.45 horas de Brasilia, la presidenta reelecta Dilma Rousseff hizo su aparición en el escenario del centro de convenciones del hotel Golden Tulip, donde la prensa aguardaba su llegada. Hubo entonces una explosión de alegría y de consignas que venían de un sector contiguo donde la militancia había seguido minuto a minuto los cómputos. Voceaban: “Corazón valiente”, el nuevo apelativo que le habían endosado a la presidenta en la campaña. Pero también aparecieron otras como: “Tucano, acepta, Dilma fue reelecta”, o aquel copiado de la hinchada argentina: “El que no salta es un tucano”.

Dilma no dejó lugar a dudas sobre cuál será la línea rectora de su próximo gobierno. “Quiero ser una presidenta mucho mejor que lo que fui hasta ahora. Y quiero hacer esas grandes mudanzas que fue lo que más se habló y demandó en estas elecciones”. Dilma tendió todos los puentes: “Estoy dispuesta a abrir un espacio de diálogo en todos los sectores sociales para encontrar las soluciones más rápidas y eficaces. La primera reforma debe ser la política y voy a llamar a una consulta popular”. Luego insistió: “Los convoco a unirnos a favor de nuestra patria, de nuestro país. No creo, sinceramente, que esas elecciones hayan dividido al país. Entiendo que movilizaron ideas y emociones contradictorias. Pero ahora debemos buscar las convergencias y ampliarlas. El calor de la disputa ahora debe ser energía constructiva”. Se comprometió a combatir “a fondo la corrupción” y dejó su espacio para decir que “cuidaré mucho de la inflación y de la situación fiscal del país”.

A las 20 horas exactas, el Superior Tribunal Electoral lanzaba la noticia: “Dilma Rousseff fue reelecta presidente”. La diferencia, marcaba tres puntos (51,6 contra 48,3 del socialdemócrata Aécio Neves), lo que indicó una disputa reñida. Por eso mismo, la euforia no cegó a los ministros y colaboradores de la presidenta que estaban presentes en la sala: “Debemos dejar de lado las divisiones y la polarización”, dijo el ministro de Salud Arthur Chioro a esta corresponsal.

El día había sido precedido por los más diversos rumores. La justicia electoral había prohibido a la editorial Abril utilizar en las redes sociales su tapa de la edición del sábado en que acusaba Rousseff y a Lula da Silva de “saber todo” sobre el esquema de corrupción en Petrobras. Empezaron a circular, entonces, versiones que indicaban que el presunto declarante de esa denuncia, el cambista Alberto Youssef, estaba en el hospital luego de que fuera envenenado en la prisión donde se encuentra. La Policía Federal tuvo que salir rápidamente a desmentir. La “bala de plata” que debía “derribar” la candidatura de Rousseff y llevar a Neves al podio se transformó, de hecho, en apenas un balín de utilería.

Hasta último momento los dirigentes del PSDB intentaron explotar el camino de las denuncia. El sábado se llegó a un extremo inédito en la sociedad brasileña: en un acto en la avenida Paulista, los militantes del PSDB transportaron un cajón con una bandera del PT y una foto de Dilma y la leyenda: “Mañana (por ayer) vamos a enterrar definitivamente este partido”. El hecho recordó a aquel protagonizado en 1983 por Herminio Iglesias, en que el cajón llevaba supuestamente a una Unión Cívica Radical muerta.

“Fue triste, lamentable, el uso de un tratamiento indebido. Creo que la población rechazó ese procedimiento”, subrayó la presidenta reelecta. Aun cuando la victoria de Dilma sea apretada, no es ése un escenario que complica. Mucho más difícil para su gobernabilidad será la negociación con un Congreso corrido hacia la derecha. ¿Por qué?

Es tema de un análisis más complejo. Pero lo cierto es que el Parlamento brasileño quedó integrado, entre otros, por una serie de personajes más próximos a posiciones fundamentalistas, sobre todo en cuestiones sociales. Ella deberá iniciar una serie de reformas que prometió al electorado; una de ellas transferir la financiación privada de los candidatos, en todos los niveles, a un modelo de financiación pública. En los compromisos creados entre partidos, postulantes y empresas aportantes de campañas se encuentra una de las principales razones para los casos de corrupción que saltaron a la luz.

También tendrá el desafío de llevar su país hacia el crecimiento económico, aunque la última cifra publicada por el Fondo Monetario Internacional casualmente ayer indica que este año el PBI podrá avanzar 1,4%, un nivel superior al previsto incluso por el propio gobierno. Habrá también algún ajuste fiscal, pero según lo afirmó la propia presidenta será “gradual”. Su todavía ministro de Hacienda, Guido Mantega, pronosticó que el superávit tendría que ir del actual 1% a 2%.

Para la oposición, el panorama se torna mucho más complejo que para el oficialismo. El contrincante Neves consiguió una cifra inédita de votos, en esta cuarta elección que su partido pierde frente al PT. Pero enfrenta el peligro de una futura división intestina. Tal vez resista unido en 2015, pero los analistas consideran que en un año se revitalizarán los viejos antagonismos internos.

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