Lo afirma la politóloga Lara Mesquita. Y remarca la incertidumbre sobre la candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva.

La elección presidencial en Brasil el próximo 7 de octubre se desarrollará en medio de una fuerte crisis económica combinada con una situación de conflicto político. La expresión más evidente de este fenómeno es el inusual porcentaje de electores que manifiestan, en las encuestas, su desinterés por los comicios, su intención de anular el voto o votar en blanco. En esta entrevista, Lara Mesquita, doctora en ciencias políticas e investigadora del Centro de Política y Economía del Sector Público de la Fundación Getulio Vargas, analiza este fenómeno. Especializada en el estudio de las elecciones brasileñas, admite que, a pesar del descrédito de las agrupaciones, por cuenta de los casos de corrupción que involucraron al universo partidario del país, habrá escasa renovación en los personajes que hoy pueblan el Congreso. Y advierte que esto puede llegar a condicionar al próximo presidente de Brasil. Es que en los hechos quien gobierne a partir de 2019 precisará contar con la aprobación, en el Parlamento, del llamado “centrón”. Se trata de un conjunto de núcleos partidarios unidos no por ideología sino para negociar beneficios.

Una diferencia singular en estos comicios es la situación de la izquierda, donde uno de los personajes claves es el ex presidente Lula da Silva, preso en dependencias de la Superintendencia de la Policía Federal en Curitiba. El PT anunció que irá a consagrarlo como el postulante al Palacio del Planalto el próximo 15 de agosto. Y a partir de ese momento se abrirán una serie de instancias judiciales que podrían llegar a alargarse inclusive hasta después de la segunda vuelta, el 28 de octubre.

-Esta es la séptima elección desde que Brasil retornó a la democracia. ¿Cuál es la diferencia con las que la precedieron?

-Son varias diferencias; tanto de las reglas que organizan la campaña como el momento de crisis que se vive. En 2006, por ejemplo, no había crisis económica y los indicadores de la economía estaban en alza. Por eso, pese al escándalo del “mensalao”, que fue el de los sobornos a partidos y parlamentarios por parte del gobierno de Lula da Silva, el ex presidente consiguió reelegirse sin inconvenientes. En 2014, Brasil entró en declive, pero todavía había crecimiento de la economía. Y la crisis política no había tocado fondo como hoy. Lo que distingue al escenario actual es que se conjugan la conflictividad política y la económica. Esto es, si se quiere, lo nuevo. Ahora la ciencia política brasileña discute cómo se quebrará la polarización entre el PSDB (socialdemócratas) y el Partido de los Trabajadores. Y lo que se ha dicho es que esa ruptura de la dualidad exigía previamente pasar por una gran crisis política: sin esa condición no habría chances de cambiar el escenario en que las elecciones presidenciales se disputan entre los petistas y los socialdemócratas.

-Sin embargo, no hay certeza que esa polarización haya llegado a su final…

-Eso tiene que ver con otra diferencia que caracteriza a la elección de 2018: los cambios en la legislación para financiar campañas y la disminución de los tiempos para realizarlas. Esta carrera electoral es mucho más restringida que las anteriores. Las convenciones partidarias para proclamar a los candidatos llevan más de un mes de atraso; habrá como mucho dos meses de publicidad electoral y se acortó el horario en TV para la propaganda política gratuita.

-¿A qué se debe?

-Entre otras cosas, se debe a que bajó sustancialmente el presupuesto de los políticos para sus campañas. La ley aprobada en 2017 prohíbe las donaciones de las empresas para la financiación, de modo que los fondos disponibles quedaron limitados a los aportes de personas jurídicas. Otro factor de peso es que, con menos tiempo de publicidad y en medio de la crisis política actual, los candidatos a diputados y senadores que serán más favorecidos no son los nuevos sino aquellos conocidos por los electores; es decir, los que tienen mandatos y, por consiguiente, poseen estructuras organizativas para sus campañas. En resumen, y lejos de lo que podría esperarse, la apuesta es que el Congreso tenga menor renovación que en las elecciones precedentes.

-Pero si no hay renovación en el Congreso, su composición será muy parecida a la actual, donde hay al menos 150 parlamentarios acusados de corrupción ¿Cómo va a condicionar este hecho al próximo presidente brasileño?

-Es muy probable que esto condicione a quien vaya a asumir la presidencia de Brasil a partir de 2019; en alguna medida porque determinará el curso de las negociaciones entre el Poder Ejecutivo y el Parlamento. El principal problema del Parlamento brasileño es su gran fragmentación. No solo porque hay muchos partidos, sino también porque las coaliciones gobernantes no logran reunir por sí mismas la cantidad de bancas necesarias para aprobar leyes. En las elecciones de 2014, el PT fue el partido que consiguió el bloque mayor de parlamentarios; pero éste representaba solo 14% del total y hoy está en 10%. En Brasil resulta problemática esa carencia de grandes partidos que puedan gobernar sin necesidad de grandes coaliciones. Una vez más, quien vaya a presidir el país a partir de 2019 precisará de esas alianzas amplias en las votaciones de nuevas leyes.

-¿Hay algún elemento nuevo que permita modificar ese estado de cosas?

-Hay elementos nuevos en la legislación, pero entrarán en vigencia en 2022. Comenzará a valer la barrera del desempeño, que obliga a cada partido a tener como mínimo 1,5% de los votos. La agrupación que no alcance ese nivel no recibirá recursos públicos en las futuras campañas. Por otro lado, prohíbe la formación de coaliciones para la elección de parlamentarios federales o de estados provinciales. Solo tendrán vigencia para los cargos de presidente, de gobernadores e intendentes. Esto va a producir un efecto de concentración hacia las mayores agrupaciones políticas, porque serán las que tendrán financiamiento.

-¿A dónde apunta esa reforma?

-A eliminar la fragmentación que está en la base de la crisis política. Por otro lado, es la primera vez que entrará en vigencia una cláusula de desempeño, la de ese mínimo de 1,5% de los votos. Otro cambio que empezará a regir en las próximas elecciones es que las listas de diputados federales, provinciales y concejales, tendrá que ser por partido y no por coalición. Otra cuestión que distingue, en forma específica, las leyes brasileñas es que no precisan ser nacionalizadas las alianzas. En general hay una coalición presidencial que puede o no repetirse en los estados provinciales.

-Usted señaló que en estas elecciones será muy escasa la renovación parlamentaria ¿Cuál es la causa?

-Una de las cuestiones es la que ya señalé: al haber escaso tiempo para la campaña publicitaria, serán reelectos quienes ya están con mandato; es decir, quienes cuentan con buena estructura de propaganda para comunicar sus realizaciones a sus votantes. Un diputado o un senador en ejercicio dispone, siempre, de presupuesto oficial para publicitar sus acciones allí donde fueron elegidos.

-Sobre la polarización entre el PT y el PSDB, que viene desde 1994 ¿cree que este año no se irá a repetir?

-Existe una posibilidad. Pero el hecho de que la candidatura del PT no esté definida, a apenas dos meses de la elección, causa dudas. Sin hacer futurología, creo de todos modos que tendremos una concentración de la disputa entre un candidato de centro derecha y un candidato de izquierda. El de centroderecha será Geraldo Alckmin (ex gobernador de San Pablo y del PSDB) o, tal vez, el diputado Jair Bolsonaro (del Partido Social Liberal). También pienso que, en la medida en que la estructura partidaria todavía es importante en esta elección, Alckmin tiene más chances de crecer respecto de Bolsonaro, especialmente a partir del momento en que comience la campaña.

-¿En qué basa su pronóstico?

-En principio, parto de la base de un escenario sin la presencia del ex presidente Lula da Silva. En ese contexto, si Bolsonaro pierde entre un 2 y un 3 por ciento de los votos prácticamente quedará afuera de la segunda vuelta.

-¿Por qué iría a disminuir su popularidad?

-Entre otras cosas porque dispone de muy poco tiempo de TV y porque su partido, el PSL, no tiene estructura en el nivel nacional. Inclusive, Bolsonaro tuvo oportunidad de realizar una coalición con los cinco mayores partidos de centro, pero finalmente estos optaron por Alckmin. Cuando hablo de estructura insuficiente me refiero a que el PSL no cuenta con candidatos a diputado federal y estadual en todos los distritos electorales. Ni tampoco comités partidarios en todos los municipios brasileños. Y esto es necesario para tener campaña en todo el territorio nacional. Son 27 estados provinciales que un candidato a presidente ni siquiera consigue visitar en su totalidad durante el período de campaña. El partido Bolsonaro es muy pequeño y está aislado: no consiguió montar una alianza con ninguna otra organización partidaria.

-Entonces, su hipótesis es que Alckmin contaría con una ventaja inicial que le habrá de garantizar un pie en la segunda vuelta…

–Ningún partido, por sí solo, conseguiría hoy poner el pie en la segunda vuelta; por eso el interés que tenía Bolsonaro de juntarse con esos 5 partidos de centro. Esas agrupaciones adquieren importancia por la estructura de la que disponen, como también del tiempo de TV. Alckmin consiguió robarle el bloque, con lo que aumentó en forma sustancial su tiempo de propaganda televisiva y el número de comités distribuidos por todo el país. En Brasil no se puede ir al mercado a comprar tiempo de TV. La propaganda televisiva es gratuita y distribuida por el Estado según el peso parlamentario de cada partido.

-¿Qué va a suceder en la centroizquierda?

-Es muy difícil saber hasta que se oficialice la candidatura de Lula. Si hubiera garantías de permanencia de Lula como candidato, es obvio que eso unificaría a toda la izquierda. Pero se sabe que aún cuando el PT inscriba al ex presidente como su postulante, eso no implica que el proyecto vaya a ser exitoso. Va a depender del análisis que realice el Tribunal Superior Electoral, que muy probablemente irá a rechazar la candidatura. Claro que al PT todavía le quedará la opción de acudir a la Corte Suprema para revertir esa situación. Esta es la que define en última instancia.

-¿Cuánto tiempo puede demorar semejante proceso y cuáles son las consecuencias?

-Lo que se prevé es que una vez presentada la candidatura del ex presidente por el PT, que debe ocurrir el 15 de agosto, la corte electoral se pronuncie dos semanas después. Esto deberá ocurrir el 5 de septiembre a más tardar. Esa es la expectativa. A partir de allí, el PT apela a la Corte Suprema y en ese caso existe la posibilidad de que el STF acepte un habeas corpus al candidato hasta tener el juicio y la sentencia definitiva. En ese contexto, no se puede predecir qué va a ocurrir. Depende de la urgencia que la Corte le dé al tema, pero también de quienes sean los jueces del Supremo Tribunal en quienes recaerá ese habeas corpus. Esa indefinición es lo que explica la incertidumbre en la centroizquierda.

El financiamiento y las chances electorales

¿Cuál es el alcance real de las redes sociales en una campaña electoral? Según la investigadora Lara Mesquita “aún no existen trabajos que midan el impacto, ni en el caso de WhatsApp ni tampoco en Facebook y Twitter”. Durante la entrevista con esta corresponsal, en la sede paulistana de la Fundación Getulio Vargas, a especialista indicó que “en Brasil no se han realizado estudios de campo. Aunque sí hay algunas investigaciones hechas en Estados Unidos a partir de la elección del presidente Donald Trump”.

Todo indica que, por el momento, la TV preserva una importancia clave para la comunicación política. “Hay otro dato a tomar en cuenta. En esas redes el candidato precisa volcar contenidos publicitarios que requerirán dinero para su montaje. Y quien tiene recursos podrá producir piezas mejores y más variadas, con un rango de influencia mucho mayor”. Lara sostiene que de esto se deriva un desequilibrio inevitable: “La desigualdad en la capacidad financiera de las organizaciones político-partidarias continúa marcando la diferencia de chances de victoria entre los candidatos”.

Su opinión refleja una realidad incontestable. El caso más dramático de esa desigualdad financiera es el de Marina Silva, del partido Red Sustentable. Con pocos diputados propios, la agrupación cuenta con escasos recursos para la campaña procedente del Estado. Tampoco tendrá tiempo de TV (afirman que sólo dispondría de una inserción de 30 segundos) y contará solo con las donaciones de sus adherentes para montar su palco en las redes sociales. Para esta política, que llegó a ser dueña del 20% de los votos de los electores brasileños en 2014, el desafío actual es gigantesco. Afirman que ella se levanta muy temprano para volar a distintos distritos del gigantesco territorio brasileño mediante el pago del billete más barato. Y cuando llega a sus destinos para realizar actos, debe recurrir a la voluntad de sus seguidores para hospedarse en casas particulares.

Sin ser muy diferente en cuanto al tiempo de TV que tendrá hasta las elecciones, el derchista Jair Bolsonaro podrá contar de inicio con el respaldo de una trupe más rica y, por lo tanto, con mayor capacidad para realizar donaciones al aspirante. Sus adherentes cuentan en sus filas a generales retirados, y a sus colegas brigadieres y almirantes. Su público pertenece, además, al 10% más rico de la población, aquellos con ingresos superiores a los 10 salarios mínimos y eduación universitaria. El desafío del diputado es conquistar las almas de la clase media que no acepta su figura. Solo así podría dar batalla contra Geraldo Alckmin con quien comparte el electorado de centro y centro derecha.

Mesquita no duda sobre quiénes tienen mejores y más nutridas (financieramente hablando) organizaciones partidarias. “Los tres partidos con mayores recursos monetarios son el PSDB (socialdemocracia), el PT (izquierda) y el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) al que pertenece el presidente Michel Temer. En el caso de la socialdemocracia, la agrupación cuenta de inicio con más de 55 millones de dólares de fondos públicos, una cifra similar a la del PT y del PMDB. De ese monto, estiman destinar al candidato presidencial unos 10,5 millones de dólares. El Partido Social Liberal dispone poco menos de la mitad de esta última cifra. Es fácil deducir que las chances de éxito favorezcan, por la centroderecha, al socialdemócrata Alckmin”. En la misma medida, un candidato del PT tendrá más posibilidades de llegar a la segunda vuelta aun cuando no sea Lula da Silva, sino alguien a quien el apoye”.

Posible reemplazante para Lula

Este viernes se difundió una quasi confirmación. Si la candidatura de Lula resulta finalmente rechazada por el Tribunal Superior Electoral, y esa negativa es ratificada por la Corte Suprema, quién irá a reemplazarlo es el ex ministro de Educación y ex intendente de San Pablo Fernando Haddad. No sólo esto. Se supo que el PT está dispuesto a incorporar como futura vicepresidenta en esa fórmula a Manuel D´Avila, la actual presidenciable del Partido Comunista do Brasil. Con eso sellarían la alianza entre ambas agrupaciones. En cuanto al otro partido que debe integrar esa coalición, el socialista PSB, el ex presidente Lula ordenó a su organización arreglar los acuerdos regionales (para gobernadores de varios estados provinciales) que allana el camino para construir la alianza de centroizquierda. En este contexto habria dos perdedores: el laborista Ciro Gomes y la ex ministra Marina Silva.

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